La estúpida marioneta

(artículo rescatado del blog anterior)

De camino hacia allí tenia cierto hormigueo en el vientre. Hacia un día precioso y la temperatura era realmente agradable. En condiciones normales y en un día como aquel, cualquiera iría a visitar a la abuela, de excursión a la montaña o a ver al hijo recién nacido de algún amigo. Yo no…yo voy de original y se me antoja ir al revés. Yo fui a tirarme de un puente. Como lo oyen. Hace unos días me lo propusieron unos amigos y creo que acepté por una mezcla de razones testosterónicas mezcladas con cierto grado de imbecilidad consciente. Son aquellas cosas que se deciden y ya está, porque cuando no te das cuenta estás allí arriba, rodeado de amigos convertidos al salvajismo y que paradójicamente retan a encomendarte a la aceleración de la gravedad con el riesgo que todos conocemos. Sinceramente…todos deberíamos de lanzarnos desde un puente. La experiencia es única en su género, el de la idiotez humana. Pero como humano que soy no estoy exento de esa idiotez, así que de cuando en cuando me da por bajar por bravos ríos en anárquicas canoas, descender por barrancos encomendando mi vida a cabos de nylon, lanzarme en paracaídas desde 4000 metros o liarme a tiros con mis amigos con escopetas de pasta de colores…Todas ellas son experiencias que encuentran su fundamento y diversión en lo que no es habitual. No se…es como si un atún contratara un paseo turístico por la Diagonal o un búho decidiera coger el AVE Madrid-Sevilla. No se aleja demasiado de esos ejemplos el hecho de que decidiera lanzarme al vacio con la única esperanza de que el arnés que me sujetaba hubiera pasado el control de calidad pertinente. Me tranquilizaba el hecho de que nadie se había matado nunca en ese puente y de que la actividad estaba asegurada con un capital de hasta 600000 euros. Es decir, que si me rompía el cráneo, por una parte la empresa organizadora no iría a juicio y por otra mis hijos disfrutarían de una vida más holgada. La cuestión es que en el momento de lanzarme miré hacia abajo. Había un rio. Gritos poniendo en duda mi varonilidad y muchas referencias al diámetro circunstancial de mi culo en ese momento. Al final decidí que me lanzaría, y para ello iniciaría verbalmente una cuenta atrás desde 10 a 0 que se convirtió en una eternidad. Adquirí postura de “salto del ángel”, respiré hondo y creo que inhalé un asqueroso mosquito que todavía está instalado en mi cerebro…cuando dije “cero” incliné mi cuerpo hacia el abismo y dejé que la gravedad hiciera el resto. Por el camino vi como el rio era cada vez más grande y venía a por mi. Pensé qué pasaría si el monitor se hubiera equivocado en la medida del elástico, así que me imaginé empotrado en el fondo del rio con una docena de truchas comiéndose mis mocos. Creo que me desmayé, pero el placer de la inconsciencia duró poco, ya que de repente me encontré ascendiendo de nuevo cual Coyote en los dibujos animados y vi la cara de mis enemigos, otrora amigos, partiéndose de risa al ver las caprichosas formas que adquirían mis vómitos en el aire. Cuando llegué al final del primer ascenso intenté agarrarme al puente, pero fue un intento inútil, ya que en un instante volvía a descender vertiginosamente intentando no perder de nuevo el conocimiento. Y asi una y otra vez hasta que quedé suspendido como el péndulo de un reloj, pensando en los 40 euros que había invertido en semejante imbecilidad. Me ayudaron a tocar suelo, cerca de la orilla del rio. Me senté con los pies desnudos en remojo y reflexioné sobre la necesidad humana de huir de lo natural. Y mi pregunta fue simple: qué necesidad tenemos de sortear nuestras vidas?…

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